23/11/08
"Estafando" por Pedro Nueno
Unos años más tarde, doctorado por Harvard, aquel joven fue invitado por un profesor de aquella universidad a ayudarle como esclavo en un asesoramiento a una empresa americana comprando una compañía francesa. La velocidad del proceso era importante y había que utilizar el Concorde. Por la mañana, negociación en París, a mediodía con el Concorde a Nueva York y con su velocidad supersónica y la diferencia horaria, llegabas a Nueva York tres horas antes de la hora a la que habías salido de París. Negociando toda la tarde y vuelta a París en un par de horas por la noche para seguir al día siguiente. Aquel joven estaba seguro de que si llegaba a los 60 años iría a Nueva York en 15 minutos y seguía convencido de que podría ir de vacaciones a la Luna. Ya se había encontrado petróleo en el fondo del mar, se hablaba de un túnel supersónico Londres-Nueva York, se preveía que entre la energía solar, la nuclear y lo que saldría del fondo del mar el coste de la energía sería poco importante.
Pero aquel niño, muchacho, joven, llegó a los 60 años y más, se convirtió en ingeniero del futuro y se encuentra con que no le puede decir al ordenador: "Orde, escribe un artículo para el domingo" porque el aparato ni se entera. Que en el tiempo en que iba a Nueva York, hoy no logra ni embarcar en el avión. Que a un matrimonio mayor que se les ve abuelos cariñosos los están torturando unos árabes que controlan la seguridad haciéndoles descalzarse, quitarse las joyas y aguantarse los pantalones con las manos. Que un señor amable, no un robot, recoge a mano las hojas caídas. Que los semáforos van cada uno a la suya. Que en coche cada día debe ir más despacio o, como cuando era niño, le quitan puntos. Que en la calle principal de su ciudad la propuesta de futuro será tranvía y bicicleta, la que siendo niño le explicó su abuelo. Y que nunca irá a la Luna. El ingeniero del futuro se siente estafado. ¿Qué les ofreceremos a los ingenieros del futuro que hoy empiezan a estudiar? O somos un poco ambiciosos o no se va a apuntar nadie.
7/9/08
Leyendo por Pedro Nueno
Me salí como pude dándole una relación de buenas noticias encontradas en rincones de la prensa nacional e internacional de esta semana. Sonrió y me dijo: "Hay muchos periódicos que tienen problemas y esto crea mucha tensión". No se me había ocurrido. ¿Qué haría yo si tuviese que hacer el telediario sabiendo que cada día me miraba menos gente y que mis jefes estaban planteándose quitar a uno de los dos presentadores? Me interesaría más anunciar la caída de un avión que una subida del Ibex 35.
La realidad es que hay empresas que van bien, gente que tiene dinero y está agazapada para saltar en cuanto le parezca que algo es una oportunidad y empresarios que inician proyectos nuevos en España y en el mundo. Y los hay hasta en los sectores más tocados. Y como hay empresas que van bien (desde el consumo de 3 por el precio de 2, hasta las grandes marcas de uno por el precio de tres) nadie debe aceptar como razón para unos resultados flojos lo de "es que hay crisis", dando a entender que no se puede hacer nada.
Tampoco resolveríamos el problema echándole la culpa al gobierno. Ya sé que nosotros no lo hacemos, pero no se pueden imaginar cómo ponen mis amigos de Londres a su Gordon Brown. Es como si hubiese montado él solo la crisis global, y viéndole se nota que es incapaz de montar una crisis. Los ingleses dicen que Gordon Brown debería acelerar la construcción de las infraestructuras que están bien identificadas y que hacen falta; estimular a los empresarios con incentivos para la creación de nuevas empresas, la innovación, las adquisiciones y la racionalización; hacer más para atraer inversión extranjera (sobre todo de indios y chinos), poner a los bancos en fila, recordándoles que ellos tienen la culpa de lo que pasa (los bancos británicos, claro) y animarles a trabajar duro; incentivar la compra de pisos (ya lo va a hacer), y reducir la burocracia para ahorrar gastos y facilitar las decisiones empresariales. Menos mal que nosotros no tenemos que preocuparnos de estas cosas.
27/7/08
Convocando por Pedro Nueno
Afortunadamente, cada día hay más actos interesantes en nuestro país: conferencias, seminarios, adjudicaciones de premios, debates, discursos de políticos, reuniones sectoriales, presentaciones de libros, incluso ponencias de gurús, generales, expresidentes de gobierno y cocineros. Yo siempre he sugerido que ningún día deberíamos irnos a dormir sin haber aprendido algo y como es muy difícil aprender de uno mismo, es más útil escuchar a los demás. Los casos de personajes centenarios o casi centenarios en plena forma que a veces he sacado en esta columna - y a mis jefes en este periódico les he enseñado fotos con ellos- deben su agilidad mental a esta obsesión de seguir aprendiendo cada día. De ahí que debamos felicitarnos por la abundancia de actos, muchos ampliamente accesibles, que tenemos hoy en día. Pero hay un problema. Los actos se suelen convocar con muy poca anticipación. Yo debo de ser un privilegiado que recibe un par de invitaciones cada día. La verdad es que soy miembro de un montón de asociaciones porque soy un convencido de esto. Leo con interés la convocatoria, miro la agenda y justo ese día a esa hora tengo que dar clase, o estoy en China, o tengo una reunión fijada con alguien. Cosas que con tiempo hubiese podido programar en otro momento.
El 11 de julio recibí una carta del Sr. Ruiz-Gallardón invitándome a un acto el 8 de julio. El tema era interesantísimo y enseguida miré si Iberia tenía algún vuelo a Madrid que saliendo el día 11 me permitiese llegar el día 8. Quizá vía Los Ángeles/ Tokio dando varias vueltas al planeta contra reloj. Pero me aseguraron en la agencia de viajes que sólo hay un vuelo que te permite volver al pasado pero que este no me lo aconsejaban porque era el vuelo final. La carta del Sr. Ruiz-Gallardón llevaba fecha del 24 de junio pero el sello de Correos en el sobre era del 9 de julio, posterior al acto. Incluso se lo enseñé a Alfons Quintà, con quien estuvimos hablando en mi despacho de volver del futuro.
Yo soy un gran admirador del Sr. Ruiz-Gallardón. Me parece un gran gestor público, un excelente político y si hablas con él ves que es intelectualmente potente. Un rato con él y aprendes. Seguro que no tiene nada contra mí y que no quiso evitar que fuese a la reunión. Una vez al mes me ocurre esto: recibo una convocatoria para un acto que ya ha tenido lugar. ¿Cuál es el problema? La maldita organización de un acto con poca antelación. Quieres que hablen algunas personalidades pero uno te falla, otro no te lo puede decir todavía, tú mismo no sabes si ese día puedes tener un compromiso importante. Tampoco quieres llenar un auditorio y que luego no aparezca nadie hablando. Aspiras a traer al más importante, pero intenta cambiarse otra cosa para poder venir.
He de volver a mi alma máter. La asamblea de antiguos alumnos de la Harvard Business School en octubre, se convocó con un año de anticipación, por carta - tres cartas sucesivas-, con ponentes como Bill Gates o Meg Whitman. El calendario de consejos que nos pasan a los consejeros de aquella escuela cubre hasta el 2013. La única excusa que podremos dar para no ir es habernos muerto. Ahora voy a hacer una convocatoria de esas con poco preaviso: disfruten las vacaciones y tratemos de aprender algo cada día.
21/7/08
Confiando (Pedro Nueno)
9/7/08
Predicando (LA VANGUARDIA 06/07/2008)
McNair en su libro clásico sobre el método del caso publicado en 1954 ya hablaba de Towl con gran respeto. Andy Towl fue famoso en los años cuarenta. Fue el entusiasta director del Centro de Producción de Casos que creó Harvard y director de Investigación de la famosa escuela. Con apoyo de la Fundación Ford promocionó el método del caso que ha hecho famosa a Harvard en todo el mundo y lo hizo con generosidad. ¿Cómo será este profesor centenario? A la una sube la escalera del McCollum Center, donde tenía mi clase, un señor mayor, elegantemente vestido. "¿Prof. Andy Towl?" Responde: "¿Prof. Pedro Nueno?". No puedo creer que a sus cien años esté en esa forma. Comemos en el self service de Harvard. "Yo como ligero", me dice, y se sirve una ensalada. Nos sentamos y me pide: "Tráeme un café". Salgo de estampida y lo traigo. "¿Cuándo se graduó en Harvard?", pregunto. "En 1936 - contesta-. Había estudiado en la Universidad de Columbia y luego me quedé varios años trabajando en Nueva York". Vivió en Nueva York la gran depresión de 1929. Pero en un momento de la comida me dice: "Cuando promocionaba el método del caso estuve en el Iese en Barcelona; es una ciudad preciosa; recuerdo cómo me exprimieron y no fuimos a cenar hasta las once de la noche". ¡Dios mío! Este hombre predicaba sus ideas en Barcelona hace 50 años.
Empezamos la clase. Les expliqué a los alumnos quién era el invitado. Un aplauso increíble.
Mis colegas de Harvard no salían de su asombro. No sabían quién era. Ellos disfrutan de la marca Harvard, cobran una burrada por decir cualquier tontería por el mundo, protegidos por esa marca, pero no saben nada de los que de verdad la crearon con esfuerzo y generosidad. Nadie había invitado a un personaje como Andy Twol a volver a un aula de su escuela en años. Al final de mi clase los alumnos le pidieron que hablase. Con la perspectiva que te debe dar un siglo de experiencia, se dirigió con energía al auditorio, los felicitó y les dijo por qué lo habían hecho muy bien. No le dejaban irse. Todos querían una foto con él. Andy Towl opina con rigor, sigue predicando con energía sus ideas y cincuenta empresarios nacidos después de su jubilación le aplauden con satisfacción en la Harvard que él contribuyó a construir después de la Segunda Guerra Mundial. Trichet, el que sube los intereses, lo hace mal por incompetente, no por viejo, y habría que despedirle, no jubilarlo.
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26/5/08
Excavando (De Pedro Nueno)
Finalmente he podido acercarme hasta las excavaciones de Catalina, ya saben, aquella isla del archipiélago Patreuro, entre el océano Atlético y el mar Intermediario, en la que hubo una civilización hace 3.000 años. El profesor Onesone, el americano que dirige la excavación, estaba contento porque le acababan de llegar 15 alumnos americanos en prácticas de verano de su Universidad de Boston que trabajarían junto con los alumnos chinos de intercambio. Tuvo un cierto problema en convencer a los americanos de que también tenían que palear tierra. Los americanos esperaban que los que palearían tierra serían los chinos y ellos elaborarían informes sobre los hallazgos. Pero los chinos les echaban en cara que la economía de su país pronto adelantaría a la americana y que se hicieran a la idea de palear tierra y que los chinos hiciesen los informes. Como otros conflictos, Onesone lo resolvió con unas cervezas porque puede ser Tsingtao, Sam Adams o Damm, pero hablando inglés la gente se entiende.
Yendo al grano, parece que hace 3.000 años el pueblo catalino se puso de muy mal humor. Una de las causas del malestar fue el creciente aislamiento de la isla y el hecho de tener que ir hasta la capital del imperio si querían navegar a otros imperios. Las galeras reales, en las que remaban esclavos, salían de la capital del imperio. Los catalinos para ir a lugares lejanos tenían que remar ellos mismos en galeras de bajo coste e ir cambiando de galera en galera por el mundo, corriendo por puertos lejanos.
Hace 3.000 años hubo además una cierta sequía. Los visires, que no habían resuelto el problema de las galeras, se dieron cuenta de que llevaban años sin construir pozos, cisternas o acueductos. El precio de la leña llegó a las 130 piastras por una carga de mulo porque nadie controlaba a los magos de oriente que eran los dueños de los bosques. La leche que bebían en Catalina era de cabra. Los catalinos, buscando ayuda, habían sacrificado cabritos a los dioses sin reparar en el sexo. Ahora por el machismo inconsciente de alguno no había leche y los catalinos miraban a los sumo sacerdotes con mala cara. Nadie se compraba una pirámide. Empezaba a haber demasiados esclavos hambrientos por las calles de Catalina. Los usureros desconfiaban unos de otros y todos de los artesanos y, sobre todo, de los albañiles. Prestaban menos pero con más usura y ganaban lo mismo.
Frente a todo aquello, los visires decidieron apuntarse a que la culpa era de un cambio de clima, de que había que ahorrar leña y de que la leche se la bebían en imperios lejanos. Hicieron traer un par de galeras de agua pagando a los esclavos que remaban para tranquilizar a los catalinos y prometieron hacer algún acueducto. Había muchos filósofos dispuestos a apuntarse a la idea de que el clima había cambiado. Habían visto como Gorius se forraba explicándolo. Si el clima había cambiado la culpa era de los dioses, se decían los visires. Acababan de descubrir un mosaico en el que se veía como unos cortesanos le entregan al jefe de los visires el papiro que iba a leer al pueblo. Siempre leían papiros cuando se dirigían al pueblo. Pero justo en ese momento había no sé qué final de fútbol y los chicos chinos y americanos salieron de estampida a ver el partido tomando una cerveza. Onesone me dijo que me enviaría un e-mail si el jefe de los visires decía algo importante. No lo he recibido.